Muchos de sus propietarios, a menudo occidentales, emigraron del pujante emirato árabe con la crisis, dejando tras de sí un reguero de deudas que, en ocasiones, cristaliza en grandiosos automóviles abandonados en la calle o en parkings. 


Los residentes se quejan del «mal efecto» que causa verlos destrozados o, al menos, cubiertos de polvo y arena.


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Francesc Puigcarbó

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