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UN INSPECTOR DEL AYUNTAMIENTO DE KAFKALONA MULTA A UNA PIZARRA

29.9.15 Francesc Puigcarbó 0 Comments

La pizarra multada de la librería Nollegiu, ahora pegada a la ventana del local.

El ayuntamiento de Barcelona sanciona a una pequeña librería del Poblenou por ocupar parte de la vía de una calle peatonal con un panel de frases. Una pizarra de las de tiza, de apenas 90 centímetros por 65, y una mesilla velador van a suponer una multa a la librería Nollegiu, una de las nuevas apuestas del mundo del libro en Barcelona, por ocupar la vía pública. La pizarra está colocada sobre un caballete ante la puerta como las que hay a cientos ante bares y comercios en toda la ciudad. En ella se puede leer la frase del día que propone su propietario Xavier Vidal. «Está aquí desde el día en que abrí, el 27 de octubre del 2013, domingos incluidos». «Hay gente que por Facebook nos reclama la frase de la pizarra, porque dicen que les alegra el día», comenta Maria Notó, que comparte el mostrador de la librería con Vidal.Pero a algún vecino le debe de molestar porque lo ha denunciado ante el ayuntamient. Fuentes municipales confirman que habrá «una sanción importante» tras la visita de un inspector el lunes por la mañana.

«Vamos bien si el ayuntamiento pierde el tiempo en estas cosas. En lugar de sancionar, podrían venir a ayudar», replicaba Vidal preso de su enfado. La pizarra de la discordia es algo más que una pizarra. Es el agujero de entrada a un catálogo único en el que no faltan esos imprescindibles que componen un buen fondo editorial, más de biblioteca particular que de librero. Con poemas, con frases elegidas que anticipan actividades como presentaciones de libros que son entrevistas a autores, teatro para dar vida a textos, cenas sobre filosofía o vermuts literarios los domingos por la mañana.

Pero ocupa la vía pública. En una calle peatonal, llamada de la Amistat, que se ha convertido en una reunión de comadres recelosas dispuestas a averiguar la identidad del delator de las pizarras, que nunca se les ha quejado, dicen. El inspector recorrió la calle y alertó a otros invasores de aceras. Como los toneles que ponían la bodega y la tienda de vinos de La Pubilla del Taulat. «Me ha dicho que me dejan poner el cartel en la pared, pero los barriles no los puedo apoyar en la farola», comenta el dueño, Jesús López.

Como los paneles de las clases de inglés de El Armario, justo enfrente, o los exhibidores de revistas del quiosco de Ramón Almaguera, que desde hace 20 años surte a los vecinos de la zona y a los visitantes de un nuevo hotel que ha abierto en la misma calle. Todos recibieron la visita municipal. «Si no pongo los exhibidores, los turistas no saben que estoy aquí. Si quieren meterse con esto, que lo hagan en toda Barcelona. En la Rambla del Poblenou no se puede ni pasar», denuncia.

«Aquí muy cerca, en la calle Marià Aguiló también hay quien tiene muebles en la calle, y nadie les ha dicho nada», advertía Pepi Pascual, la mujer de Jesús. Y en la calle Marià Aguiló nadie parecía haber pasado, porque los muebles estaban donde indicaba la vinatera.

La peatonal calle de la Amistat, entre Bilbao y Galceran Marquet, pasa casi desapercibida, aunque esté a pocos metros del bullicio del mercado del Poblenou y de Marià Aguiló. Por eso el truco de feriante de poner carteles, más allá de tener web y estar en las redes sociales. «Cuesta dinamizar esta calle. He invertido mucho en este local. Si no me ven, no existo», explica Anna Conejos, propietaria de La Blu, un espacio de actividades plásticas donde los niños pueden pintar paredes o sofás mientras los adultos trabajan su creatividad. El inspector le hizo entrar la silla donde ponía los folletos y otra pizarra promocional. «No puede haber obstáculos en la calle, aunque sea de plataforma única, que hagan a los peatones bajar a la calzada», insiste el ayuntamiento. EP.COM

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