Diez vascos, Sevilla, una confusión y mil anécdotas. La peripecia de un grupo donostiarra hace dos fines de semana en la capital andaluza todavía se recuerda con carcajadas a orillas del Guadalquivir. La cuadrilla de amigos había viajado al sur para acudir a la boda de un compañero, que se casaba con una sevillana. Un despiste les hizo vivir la improbable aventura de presentarse en la boda de otros.

Los diez vascos llegaron sin problema a la iglesia del Buen Suceso, donde presenciaron la ceremonia, pero las cosas comenzaron a torcerse una vez que debían tomar un bus para trasladarse al restaurante donde se iba a celebrar el convite. «Cuando íbamos a los autobuses uno de nosotros se paró un momento para ir al baño», recuerda uno de los jóvenes en la información publicada por Diariovasco.com. El grupo se quedó algo separado del grueso de los invitados, se subió a uno de los autocares de la plaza y se acomodó en la parte de atrás mientras el vehículo se iba llenando.

Las primeras en sospechar algo fueron las cuatro chicas de la cuadrilla. «Una se fijó en los sombreros de las mujeres y no le sonaba ninguno. Nos preguntó a todos si estábamos en el autobús correcto», recuerda Javier. Fue un comentario que les sirvió para hacer más llevaderos los treinta minutos que duró el viaje hasta el lugar donde se celebraría la comida. Empezaron a bromear con la posibilidad de que se hubieran equivocado y así el tiempo se les pasó volando. «¿Os lo imagináis?», se dijeron entre ellos. Más tarde, alguien les reveló que el resto de los viajeros del autobús había imaginado exactamente lo mismo al escuchar el acento vasco de los desconocidos que se sentaban en la parte trasera. Pero a nadie se le ocurrió preguntar.

Finalmente el autobús llegó a su destino, un paraje espectacular llamado Hacienda Molinillos. Impecablemente uniformados con sus trajes de boda, los diez amigos descendieron del vehículo y se encaminaron hacia un gran patio de la hacienda habilitado para el aperitivo previo y la comida posterior. Lo primero que les sorprendió fue encontrarse con una cuna llena de botellas de cerveza artísticamente dispuestas. «El novio no es muy cervecero, pero pensamos que era un detalle por su parte», afirma Pedro a diariovasco.com. Tampoco sabían de la afición de los novios por el queso, pero algo habría de eso porque en el patio de la Hacienda Molinillos aguardaba un bufé repleto de quesos de olores y procedencias diversas.

Es cierto que no conocían a nadie de los que habían participado en la juerga de la víspera y que no identificaron a ninguno de los asistentes a la ceremonia de la iglesia del Buen Suceso, pero bodas son bodas y, además, habían anunciado que aún faltaba un autobús por llegar. «Ahí vendrán los conocidos», pensaron erróneamente entre manzanilla y manzanilla.

Fue ese autobús pendiente lo que les hizo ignorar las pequeñas incongruencias que poco a poco se acumulaban ante sus ojos. La funda de un vinilo, cada una de un artista diferente, como David Bowie, U2 o Led Zeppelin, anunciaba en cada mesa los nombres de los comensales y el lugar que debían ocupar. Era una idea original pero impropia del novio donostiarra que, según confiesa uno de sus amigos, «apenas tendrá unos veinte discos en su casa y algunos CDs en el coche».

Después de veinte minutos «dándole al pimple y picando con gente que no conocíamos de nada», dos de ellos trajeron el inquietante anuncio de que no encontraban sus nombres en las mesas. De inmediato, el animador de la fiesta anunció la llegada de los novios. Fue entonces cuando descubrieron la verdad. Su amigo era rubio y su amiga morena, y estos que ahora aparecían eran todo lo contrario. «Cuando vi que la novia era rubia me giré y me dije: 'aquí pasa algo'», asegura Pedro.

Se miraron y comprendieron. «La mitad nos empezamos a partir de risa y la otra mitad se agobió», explica Javier. Con gran espíritu de ánimo y sin que nadie se diera cuenta, se replegaron sigilosamente hacia un rincón donde dejaron sus copas, no sin antes apurarlas, y salieron al exterior. Nadie se percató de la fuga.

Varios taxis les trasladaron hacia la Hacienda Clarevot, a unos 48 kilómetros de distancia, donde la mesa de los vascos permanecía vacía. «Llegamos a las cuatro de la tarde y nos recibieron entre aplausos y mucho cachondeo, sobre todo los sevillanos. Hicimos una entrada triunfal».

Por casualidades de la vida y de una fotografía publicada por uno de los amigos en las redes sociales, la novia de la boda equivocada se ha enterado de lo sucedido y ha enviado un mensaje a los protagonistas de la aventura. «Soy la novia de la boda de la foto. No os imagináis la de vueltas que está dando. Ya que estabais os podíais haber quedado allí todo el día. Jajaja, un saludo». Ella les ha invitado a la fiesta de su primer aniversario y la cuadrilla no ha dicho que no. Se lo tienen que pensar. De momento lo único que tienen claro es que «colarte en una boda es muy fácil». ABC.ES
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Francesc Puigcarbó

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