BARCELONA. FOTOS DE 1920 EN PLENA ERA DEL SELFIE


Él simplemente llega y planta su cámara. El resto sucede solo. Vecinos y turistas pasan por su lado y le miran, por supuesto. En la era 'selfie' no es habitual encontrar a un fotógrafo trasteando con una aparatosa máquina de retratar del año 1920 con una artesanal cámara oscura de madera. De hecho, la primera reacción de muchos al dar con él es sacar sus móviles -si es que no los cargaban ya en la mano- y, click, inmortalizarlo. Otros, no pocos, se acercan. ¿De dónde sacaste esa cámara? ¿Cómo funciona? ¿Puedo? ¿Cuánto por una fotografía? La mayoría de las veces esas preguntas se escuchan en inglés. Un retrato en blanco en negro frente al Arc del Triomf tomada con el método del calotipo -esto último muchos lo aprenden tras sus explicaciones- es al fin y al cabo un bonito y original recuerdo de Barcelona. 

El joven argentino Maximiliano Ortelli llegó a Barcelona hace dos meses, aunque lleva en España 14 años. "Vinimos con mi familia a Alicante en el 2002, cuando la crisis del corralito", cuenta. Entró en contacto con el mundo de la fotografía antigua en un viaje a Indonesia en el 2011. "Vi a un hombre con una cámara de estas en un campo de arrozales -cuenta- y me enamoré de la técnica". "Me atrapó la historia del calotipo. Fue la democratización de la fotografía. Hasta la invención de esta técnica -explica- solo los más pudientes podían tomarse una fotografía".

Los mayores del barrio que salen a pasear a Lluís Companys le cuentan historias sobre esa "democratización" en Barcelona. "Me explican que muchas personas bajaban del pueblo a la ciudad y se hacían un retrato en Colón. Para muchas parejas de principios del siglo XX esa era su primera o hasta su única foto", relata. Se las conocía como cámaras minuteras, aunque no se tardaba un minuto, se tardaba -tarda- 15. "Es la abuela de la Polaroid", simplifica siempre Ortelli a los curiosos. Basta pasar un rato junto al fotógrafo y su cámara para ver el interés que despierta entre los transeúntes.

La experiencia ofrecida por el joven va más allá de la foto. Es acercarse, mirar la cámara, posar bajo el arco y deleitarse mirando como el joven revela la foto de forma totalmente artesanal. Y después marcharse con el retrato impreso como exótico recuerdo.

LA BARCELONA DEL CIVISMO

Tras volver de Indonesia buscó en Alicante y encontró a un hombre que dominaba la técnica y construía él mismo sus cámaras. Le enseñó todos sus trucos y le ayudó a construir su propia cámara, con la que empezó a trabajar. Y a viajar. Se instaló primero en Lisboa y decidió después probar suerte en Barcelona, ciudad en la que siempre quiso vivir. "También movido -explica- por el cambio en la alcaldía". Al llegar a la capital catalana se encontró con que la Barcelona del civismo no es ese lugar idealizado por los artistas callejeros.

Primero fue al parque Güell y, oh, sorpresa, se encontró con que era de pago. Se colocó fuera de la zona monumental, qué remedio, y dio con un segundo y de más difícil arreglo problema: la policía no le permitía montar su trípode. Llamó entonces al ayuntamiento para intentar regularizar su situación, pedir algún permiso, pagar la tasa que le plantearan, pero, tras marearla, le acabaron diciendo que no era posible. Que no era una actividad recogida en ningún epígrafe. "Me parece increíble que en una ciudad moderna como Barcelona se pongan tantas pegas al arte callejero", denuncia.

Después de un primer mes en el vergel proyectado por Gaudí escondiéndose de la policía decidió trasladarse al Arc del Triomf, donde ha pasado un agosto más tranquilo. "Aquí no hay secreta, y cuando pasa la Urbana recojo y me voy. Como mínimo no me amenazan con quitarme la cámara, como en el parque Güell", concluye el joven, cuya ilusión seria "dignificar" su oficio. ELPERIODICO.COM

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